Quedamos sedientos desde que salimos del huerto Edén, y no hablo de sed física, hablo de sed espiritual. Jesús sabe que tenemos sed, la clase de sed que solo Dios puede saciar y por eso dijo en Juan 7:37 y 38: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.
Pero aun para un cristiano, la sed puede quedar sin saciar. Llegar a Cristo es como llegar a la sala de emergencia de un hospital. Inmediatamente te ponen una vía y te conectan con una fuente de hidratación. Pero, aunque ya estés conectado, el agua puede dejar de fluir a tu cuerpo, es necesario estar pendiente que la vía no se cierre, que el gotero este abierto y deje pasar el líquido y tener el brazo en una posición adecuada.
Con esto quiero decirte que hay una responsabilidad en nosotros, por mantenernos hidratados. Encuentro tres causas de por qué nos deshidratamos:
La primera es un trio de acciones importantísimas:
No leer la palabra, no pasar tiempo en oración diariamente, y no congregarnos; eso nos deja secos y sin vida.
La segunda:
Saturarme de activismo religioso o cumplir rutinariamente con todos los aspectos exteriores de una vida cristiana, olvidándome de amar más al Señor de la obra, que a la obra del Señor.
Y Por último:
Contristar al Espíritu, dejándome arrastrar por el pecado.
La necesidad de beber agua de vida, siempre nos acompañará, aun en la eternidad; pero, a través de la visión futurista de Juan en Apocalipsis 22:1 donde dice: Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero…
sabemos que seremos más que satisfechos por esa bendita agua.
